Una Aventura en Florencia Italia

Recién llegábamos a Florencia, con hambre, y una maleta llena de cansancio. Habíamos salido de Roma hacía ya tres horas. Cuando finalmente encontramos la dirección del lugar donde nos quedaríamos, la persona que se supone esperara por nosotros no estaba. Traté de usar mi teléfono para llamar pero, tal parecía que a mi muy americana compañía de teléfonos no le gustaban mucho las pastas italianas. Así que allí estaba, con mis tres hijos y mi esposa, en medio de una ciudad que no conocíamos, y sin posibilidades de comunicarme con aquel que resolvería nuestro problema.
Piensa, piensa, me decía en la mente mientras mi familia me lo decía en voz alta. Wifi! Pensé. Si logro conectarme, podré llamar por Skype. Quizás Ronald podría resolverlo, así que busqué en el GPS el McDonald más cercano y zigzaguee hasta el lugar (por que en Italia no se maneja!). Al llegar al lugar me di cuenta de que estaba en la calle más concurrida de la ciudad, y ya había leído lo complicado de estacionarse en Florencia. Logré detenerme frente al establecimiento, intenté conectarme y lo logré. Pero justo cuando comenzaba a hacer la conexión, un autobús me recordó que la razón por la cual el estacionamiento estaba disponible es porque no estaba disponible, era una parada de autobús. Así que puse el auto en primera y fui a buscar un segundo lugar en donde estacionarme.
Al dar la vuelta tuve mejor suerte. Encontré un lugar justo al otro lado de donde estaba la primera vez. Intenté la conexión pero estaba un poco lejos y el contacto no era suficiente como para sustentar una llamada en Skype. No podía salir del carro pues vi que el lugar era para dejar y recoger pasajeros en la estación del tren, y me podía arriesgar a una multa (y…no, mi esposa no maneja autos con transmisión mecánica).
Mi única solución rápida era pedir un celular prestado. Así que vi a un buen italiano que metía unas maletas en el baúl de un carro: Hey, you speak english?, o Español?, le dije. Él dijo no, italiano. Le dije como pude si podía usar su teléfono para hacer una llamada, y él me dijo muy crudamente que no.
En eso se acerca a la ventanilla del auto, un joven veinteañero para pedir algo de dinero. En su italiano toscano me dijo lo que interpreté como: Señor podría darme algo de dinero.
Allí estaba el, necesitando y pidiendo una monedas, y yo necesitando y pidiendo un teléfono. Tengo que decir que yo debía tener unas veinte monedas de Euro en mi poder. El pedía y yo necesitaba, así que se me ocurrió una idea muy loca, poniendo mi mano derecha en mi oreja en señal de teléfono le dije: ¿tú tienes un teléfono que me prestes? Si me lo prestas te doy algunas monedas. Al entenderme, no lo pensó dos veces y en seguida extrajo de su ajado pantalón un celular pequeño, elemental, neandertal si lo comparara con un reluciente “Smart phone”. Pero al fin tenía lo que necesitaba, busqué el número y marqué. Y aunque al primer intento se escuchó como si no tuviera balance, la segunda vez pude conseguir a la persona del apartamento, y problema resuelto.
La misma historia está escrita para ti en Juan 14:7-25. Si tan solo supieras, que quien te pide que te entregues puede darte precisamente lo que necesitas..
Juan 14:10 Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.

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