Mi Experiencia Con Dos Ladrones en Washington DC.


Hace unos años visité con mi familia la ciudad de Washington DC, la capital de EEUU. Llegamos con el deseo de ver los monumentos, así que estacionamos nuestro vehículo en un estacionamiento bajo techo y nos decidimos recorrer a pie, las principales calles de la urbe. Visitamos museos, parques y monumentos por un buen rato, hasta que el hambre hizo descender el apetito cultural. Fue entonces cuando regresamos al vehículo y nos encaminamos a un restaurante que nos gustaba.

Al llegar al restaurante notamos que no había estacionamiento. Por lo tanto teníamos que circular el perímetro buscando un espacio donde estacionarnos. Luego de buscar por un rato finalmente encontramos un lugar. Al estacionarme miré hacia la acera y note que habían dos personas de mediana edad, mal vestidos con ropa ajada, con aspecto latino, sentados sobre unos embases plásticos mirando con curiosidad hacia el pasajero de enfrente.

A ver, ponte en mi lugar: estás en una ciudad que no conoces buscando comida. En un barrio de una de las ciudades más peligrosas de la nación, en la congestión citadina a duras penas encuentras un espacio para estacionarte. Cuando te dispones a salir de tu vehículo notas unos individuos de perfil muy sospechoso que miran detenidamente a tu esposa. Estás solo con tres niños y una mujer. ¿Que harías?

Naturalmente no bajarte del vehículo. Claro, eso sería cierto si lo niños y tu esposa no te estuvieran hostigando, reclamando desesperadamente por comida. ¿Que hice finalmente? Ceder a la presión de grupo, naturalmente!

Así que decidí asumir el riesgo y bajarme del carro. Los dos hombres con aspecto de vagos de barrio me miraron y me dijeron: Sabes que aquí hay que pagar el estacionamiento a la ciudad. Fue entonces que entendí porqué el espacio estaba vacío. Había un moderno aparato, cuyas fauces estaban abiertas esperando mi generosa contribución. Reuní las monedas que pude, suficiente para cubrir 30 minutos, obtuve un recibo que pedía ser puesto en un área visible del auto. Lo coloqué en el interior, sobre el tablero, tomé mi familia y caminé hasta el restaurante, que para colmo estaba en un lugar desde donde no podía monitorear las acciones de los cacos.

Mientras todos comían yo pensaba en mi vehículo. En el tenía mi computadora, GPS y otros cuantos artículos de valor. Me imaginaba a aquellos dos malhechores rompiendo el cristal y robando mis intimidades. Fue como poner la carne en el plato del gato y decirle no te la comas. ¡Que tonto había sido!

Hice que comieran a prisa, tanto que casi se comen el último bocado en la puerta del establecimiento. Doble a la esquina velozmente esperando lo peor. Al tener el vehículo en mi rango de visión sentí un alivio. Allí estaba, integro. Pero allí estaban también los individuos esperando por mi, ¡pensé!

Al llegar al lugar noté que había otro recibo sujetado con el limpiaparabrisas. Lo tomé en mis manos y noté que uno de los sujetos caminaba hacia mi diciendo: “Es que pasó la media hora y un policía te iba a poner una multa, así que te pusimos dinero en la máquina para media hora mas”.

Mire mi reloj y efectivamente habían pasado 45 minutos desde que me había ido.
Que te parece. Los “ladrones’ que conspiraban contra mi propiedad, protegieron mi recursos con los de ellos.

¡Me sentí como estopa!

El prejuicio y la discriminación son como cánceres en la sociedad. El capítulo 12 de Números nos habla de una historia de discriminación. Maria y Aarón, los hermanos de Moisés, despreciaron a la mujer de éste por ser cusita, en otras palabras, negra. Como consecuencia Maria adquirió lo que parece ser lepra.

Pero tranquilos, en nuestros tiempos no se nos va a infectar la piel por discriminar, rechazar, o estigmatizar a alguien por su raza, color o religión. Ciertamente cuando discriminamos a los demás por esas u otras razones, demostramos que la lepra ya nos infectó el corazón.

Dios me dió una poderosa lección ese día. El ve más allá de la ropa, los perfiles, los peinados y las actitudes. Así, ante sus ojos un legislador en el capitolio y un sencillo mesero en la calle Mount Pleasant en el barrio hispano de Washignton DC,  tienen el mismo valor. Asi lo demuestra la cruz de Cristo por medio de la cual:

Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. 29 Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa. Gálatas 3:28 

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