Cuando Se Nos Van las Ilusiones


Cuando pequeño, cerca de mi casa había una pequeña tienda. Por ser tan pequeña e informal no cumplía con los requisitos para ser llamada colmado. Su tamaño era de algunos 3.5 metros de ancho por 4 metros de profundidad. La estructura consistía de palos rústicos, mientras restos de lata y cartones formaban sus paredes. El techo, como muchas de las casas de ese entonces, estaba hecho de cana (la hoja de la palma que lleva su mismo nombre).

La oferta del establecimiento era muy limitada. Su mostrador solo exhibía huevos hervidos, mantequilla de maní, unas cuantas tortas de casabe, pan y galletas de harina.
El caso es que me encantaba gastar las horas en ese diminuto mercadillo. Con el dinero recolectado durante el día, nos reuníamos en la noche en la pulpería de Blanca, que así se llamaba la comerciante.

Dos huevos hervidos y una galleta empapada de mantequilla de maní. Esa era mi orden habitual pues el dinero disponible no alcanzaba para más. Deseaba más pero no podía comprar más, triste mi situación ¿no es cierto?

Un día, sentado en las bancas de palos del establecimiento me hice la siguiente promesa: Cuando sea grande y trabaje, vendré a la pulpería de Blanca y me comeré todos los huevos hervidos con todas la galletas con mantequilla de maní que quiera. Era mi sueño de niño.
El tiempo pasó y ahora ya soy grande, tengo un trabajo, gano suficiente dinero para volver al barrio y comprar todos los huevos hervidos que quiera, pero la triste realidad es que ya no me llama la atención ese alimento.

De niño fui despertado abruptamente de mi sueño por la realidad de las limitaciones. Esperé años para lograr tener los recursos necesarios para cumplir el anhelo de atragantarme una indeterminada cantidad de huevos con galleta, pero ahora que puedo, ya no quiero. Triste paradoja.

La juventud es la etapa del “quiero hacerlo, y no puedo”, mientras la adultez es el tiempo del “puedo hacerlo y no quiero”. En la juventud se adolece de experiencia, mientras que en la vejez se adolece de ilusiones.

La pregunta es: ¿quien nos roba las ilusiones, la adultez propiamente o simplemente la experiencia de la vida?

Sea cual sea la respuesta, el caso es que ambas, la adultez y la experiencia se paralelizan para existir y nos llegan a la vez, y a menudo en sus dominios se nos desgastan los sueños, se nos hacen insípidas las ilusiones, se nos desnutre la imaginación.

Salmo 71 dice:
17 Oh Dios, me enseñaste desde mi juventud, Y hasta ahora he manifestado tus maravillas. 18 Aun en la vejez y las canas, oh Dios, no me desampares, Hasta que anuncie tu poder a la posteridad…

El salmista conocía sobre la insipidez de la adultez. En la vejez pareciera que Dios se nos oculta, por eso suplica “no me desampares, hasta que anuncie tu poder a la posteridad” ¿Pero realmente Dios nos desampara?

En realdad no es que Dios se oculte, lo que sucede es que nos independizamos de El. Lo sustituimos por la intuición y la pericia. La adultez nos dota de la autosuficiencia necesaria para volvernos indigentes de imaginación. En ese punto sentimos el desamparo de Dios.
Y viene el grito del salmista “no me desampares” hasta que cumpla tu propósito de anunciar tu poder al futuro. Sentir el desamparo de Dios es perder el sabor de su gracia, sentirse desprotegido de su misericordia.

Si te sientes seco de ilusiones, es probable que sea por que te has alejado de Dios. Invócale!
Reclama su poder en tu vida. Déjate llevar por el poder seductor de su presencia, entonces revive tus sueños depositándolos en El.

PD: Esta noche comeré huevos y galletas con mantequilla de maní.






1 comentario:

Orlando dijo...

Este fue mi devocion matinal del dia de hoy y se "rejuvenecen" mis ilusiones en las manos de mi Salvador. Dios te bendiga Cesar!

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