Un Día Maravillosamente Lluvioso!


Desperté a las 6 de la mañana, y mientras batallaba con mi mente para salir de entre las sábanas sentí el arrullo de la lluvia que se derramaba sobre el techo de mi casa. Podía ver entre las cortinas a un tímido sol retraído ante las extrovertidas nubes mañaneras.
Dios me regalaba un día maravillosamente lluvioso!

Tengo que decirte que amo la lluvia, y aunque no puede agradecer a Dios por crearla, tengo que bendecirlo por permitirla. (Génesis 2:5-6).

¿De donde viene mi delirio por la lluvia? Realmente no se. Quizás asocié, como perrito de Pablov, la siempre lluviosa navidad del Caribe con la paralela entrega de regalos. O tal ves el hecho de que la lluvia implicaba barquitos de papel. Esos que veía alejarse navegando en la corriente que se formaba con el agua que descendía a través del alero de mi casa. Como disfrutaba esa regata.

El caso es que me fascina la lluvia. Recuerdo ese día cuando tomé el examen que determinaba si podía o no estudiar ingeniería en la universidad. Fue un día domingo, y mientras temblaba en espera del examen, al mirar por la ventana vi que la lluvia caía irreverente en el patio del plantel. Fue como un regalo personalizado de parte de Dios para mi, al menos así lo recibí.

El agua es el elemento básico de la vida, por ende la lluvia es vida derramada superlativamente desde los cielos.

Nos dice la palabra:
Joel 2:23 Vosotros también, hijos de Sion, alegraos y gozaos en Jehová vuestro Dios; porque os ha dado la primera lluvia a su tiempo, y hará descender sobre vosotros lluvia temprana y tardía como al principio. Las eras se llenarán de trigo, y los lagares rebosarán de vino y aceite.

Dios compara su gracia con la lluvia. El pecado en el mundo hizo cambiar el balance original de la creación. Por eso el creador permitió que cayera la lluvia sobre la tierra. Su presencia enverdece, multiplica, esteriliza y restaura. Es la infiltración de Dios en el desbalance natural.

El pecado en la tierra requirió que Dios enviara a su hijo a infiltrarse en un mundo de pecado. De igual manera su presencia enverdece al pámpano seco (Juan 15:5), esteriliza al pecador (Juan 15:3), y restaura al caído (Mateo 18:11). Su presencia refrescó la milenaria decadencia provocada por el maligno.

¿Estas seco?, sal a fuera y disfruta de la lluvia. Cae gratis, y si te expones a ella serás empapado de los pies a la cabeza. Dios hoy te regala una vida maravillosamente lluviosa!

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me encanta la lluvia pero verla u oirla caer desde mi cama, acurrucada, pero no me gusta cuando tengo que salir a trabajar!

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