Poema: Naufragio

Los hombres peleaban con rabia en las venas pues la misma sangre lo había transformado La noche era oscura y el mar sin arena, y un buque de guerra se hallaba averiado.

Más que lo cañones pesaba el pecado, por uno  y por  otro la nave se hundía y pronto quedaron todos sepultados en las negras aguas de la mar bravía.

En una cabina secreta y cerrada, sin luz y sin agua, ni pan de sustento, un grupo de hombres de pavor gritaban ¡clamemos al cielo en estos momentos!

Yo tengo a mi madre dijo un marinero, que me dice siempre que en mi ausencia ora quiera Dios que en estos terribles momentos, ella pida al cielo el que no socorra.

Y los marineros  guardaron silencio pensando en la madre que clamaba a Dios, esa misma noche, en un turbio sueño escucho la madre de su hijo la voz.

Que decía oh madre ora por tu hijo lo soñó tres veces y así despertó descendió del lecho e hincada en el piso por seis largas horas a Jesús oro.

Y en sus oraciones cual llanto de sangre alzaba las manos, con gran devoción, cerraba los ojos, con esfuerzo grande y se abrían grietas en su corazón.

Tocaban las horas de la madrugada su trémulas manos sintieron palpar un lienzo muy suave que la perfumaba y el lienzo era el manto del rey celestial.

Oración de madre, lagrimas del alma fe hacia el infinito que todos lo puede, clamar que se escucha en la noche en calma y un Dios bondadoso que salvar prefiere.

Paso aquella noche, pasaron los días corrió la noticia de un buque de guerra, en velica noche en la mar se hundía sin que un tripulante llegara hasta tierra.

Y allá en la casita de la madre buena, otra hija querida había de casar, y no obstante el sueño y la noticia aquella; la madre no impide el acto nupcial.

Su fe era más grande que la incertidumbre, y aunque en el misterio su hijo yacía, ni luto ni llanto ni aun pesadumbre ni buena noticia del naufragio había.

Y así transcurrieron fugases los meses, la madre guardaba en silencio la fe, y se alimentaba con ferviente preses, hacia un Cristo vive que oye y que ves.

Y un día muy grande, un día de Cristo, sintió el mas filiar y cariñosos abrazo, de quien les decía madre soy tu hijo, para los cristianos no hay mal de naufragio.

Porque descendimos en un mar inmenso casi tan profundo como la maldad, el agua rompía estrepitoso estruendo sobre la cubierta sin tener piedad.

Y ya culminando el infernal descenso, clame a tu memoria oh madre querida, para que tu oraras en aquel momentos al Cristo que vive para darnos vida.

Y lleno de angustia y de pavor inmenso sentimos un hilo de fe y esperanzas, porque en el preciso y aciago momento subimos a flote en plena bonanzas.

Subimos a flotes gracias a los cielos donde vive el Cristo de tus oraciones, el salvo la nave de Juan y de Pedro, el salvo mi nave el salva naciones.

El libra las almas de ir al infierno, El libra a los hombres de hacer el pecado; El propaga el bien con fines eternos, El da el aliciente del poder sagrado.

El es que conduce la vida a lo cierto, El es el patriarca de la era cristiana, el que en su memoria retiene a los muertos, para despertarlo en eterna mañana.



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