Una Advertencia Salvadora

Nadie sabía que sucedería. No era una imposibilidad, pero no había nada que apuntara específicamente a tan macabra ocurrencia justo en ese momento y en ese lugar. Era simplemente un martes como cualquier otro. Había gente comiendo en los restaurantes, o tal vez, jugando baloncesto en alguna destartalada cancha de la ciudad. Otros se preparaban para salir de sus trabajos, o acababan de llegar a sus hogares con los olores que provee un paseo involuntario en el sistema de transportación pública. Sin duda, algún desatinado se daba el trago en un bar o en una esquina, mientras un transeúnte con dudosas intenciones iba alumbrando con su diente de oro toda la avenida. Eran las 4:52pm y todo parecía igual que el día anterior. Pero lamentablemente, la cotidianidad no duraría mucho. La vida de millones de personas ubicadas en un espacio relativamente pequeño dependería de lo que ocurriera en el próximo minuto.
Las ventanas comenzaron a hacer un ruido extraño. Los cuadros se comenzaron a caer de las paredes. Se comenzaron a oír gritos de histeria que hacían segundas voces a los crujidos de los cimientos de las construcciones capitalinas, que no prometían su estabilidad por mucho tiempo más. Quienes se encontraban en edificios multipisos sólo amparaban sus esperanzas en que la edificación no se desplomara, causando así que cayeran sobre ellos las paredes o el techo. En unos pocos minutos, la ocupada ciudad de Puerto Príncipe se había convertido en la tumba de decenas, tal vez centenas de miles de personas. Ninguno de ellos se sospechaba lo que a las 4:53pm acaeció.
¿Hubiera sido distinto si hubieran sabido que un catastrófico sismo de 7.0 de magnitud les azotaría inmisericordemente? Sin duda alguna, de haber sido predecible este evento, gran parte de los que llegaran a enterar de que ocurriría hubieran hecho los arreglos necesarios para no encontrarse vulnerables cuando llegara el momento. Seguramente muchísimas vidas se habrían salvado si hubieran sido advertidos oportunamente y lo que hoy es una gran tragedia humana, no lo sería.
Curiosamente, algo muy similar está por ocurrir nuevamente. Pero esta vez, no sólo será en Puerto Príncipe. La gente estará comiendo, bebiendo, casándose, y haciendo todo lo que normalmente hacen un martes, o un jueves, o un sábado. Como ladrón en la noche nos asaltará un temblor como nunca antes se ha visto en este planeta y de una vez por todas, la naturaleza misma se encargará de ajusticiar a cada uno, según haya sido su obra. Y si de obras se tratara, todos y cada uno de los seres humanos que habitemos la tierra en ese momento, moriríamos en el terremoto más potente de la historia.
Afortunadamente, sobre este terremoto ya hemos sido advertidos. La Biblia nos ha dicho que un día no muy lejano los cielos se abrirán y aparecerá entre las nubes un Jesús coronado. Lo mejor de todo es que en este evento, que será catastrófico para algunos, TODOS tenemos la oportunidad de salvarnos. No porque nuestras obras no nos merezcan morir allí, sino porque Jesús ya murió en nuestro lugar, por las maldades de todos. ¡Qué buena noticia!
Nadie sabía que habría un terremoto en Haití. Si tú lo hubieras sabido, ¿le hubieras advertido a todas las personas que pudieras para que salvaran sus vidas? Seguramente sí. Entonces, si sabemos que pronto Jesús vendrá y que muchas vidas podrán ser salvadas si se entregan a él, ¿qué debemos hacer? La respuesta es bastante obvia. Debemos compartir la buena noticia de que en aquel día, los que busquen refugio en Jesús, serán salvos. Miles de vidas están en mis manos. Miles más están en las tuyas. Nuestro único trabajo es hacer la advertencia.

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